Las abejas sin aguijón se convierten en los primeros insectos del mundo en obtener derechos legales
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- Categoría: Interés general
- Publicado: Sábado, 03 Enero 2026 00:06
Las abejas sin aguijón de la Amazonía han pasado de ser invisibles a convertirse en sujetos de derecho. No es una metáfora. En varias regiones de la Amazonía peruana, estos insectos nativos ya no solo existen: tienen reconocido legalmente su derecho a existir y prosperar. Un giro profundo en la forma de entender la conservación, que deja atrás la lógica de “proteger recursos” para hablar de reconocer vidas.
A diferencia de la abeja europea, introducida hace siglos, estas especies amazónicas no pican, no colonizan y no desplazan. Coexisten. Llevan miles de años ahí. Y, sin embargo, durante décadas han quedado fuera de las políticas públicas, de los censos oficiales y de los programas de protección ambiental.
Cultivadas por pueblos indígenas desde tiempos precolombinos, las abejas sin aguijón sostienen una parte esencial del equilibrio ecológico de la selva. Polinizan gran parte de la flora amazónica, mantienen ciclos forestales complejos y hacen posible cultivos clave como el cacao, el café o el aguacate, incluso en sistemas agroforestales tradicionales.
Hoy, su supervivencia está comprometida por una suma de factores que no actúan por separado: deforestación acelerada, uso extendido de pesticidas, alteraciones climáticas y la presión de especies invasoras como las abejas africanizadas. Un cóctel silencioso, pero devastador.
Para quienes impulsaron estas ordenanzas, el cambio es más que jurídico. Es cultural. Reconocer derechos a una especie implica aceptar que la naturaleza no es un decorado ni una despensa inagotable. Es un sistema vivo del que dependemos.
El proceso no surgió de un despacho, sino del territorio. Años de trabajo conjunto con comunidades indígenas permitieron documentar la presencia, el declive y el valor ecológico de estas abejas. La investigación científica fue clave, pero también lo fue el conocimiento tradicional, transmitido generación tras generación.
El interés inicial por la miel —utilizada como remedio durante la pandemia en zonas sin acceso a tratamientos médicos— abrió una puerta inesperada. Los análisis químicos revelaron una diversidad sorprendente de compuestos bioactivos, muchos con propiedades antiinflamatorias, antibacterianas y antioxidantes. No era solo alimento. Era medicina. Y, en cierto modo, memoria biológica de la selva.
A partir de ahí, las expediciones se multiplicaron. No para extraer, sino para aprender. Cómo se localizan los nidos. Cómo se cuidan. Cómo se cosecha sin destruir. Prácticas finas, precisas. Nada industrial.
En la Amazonía vive aproximadamente la mitad de las cerca de 500 especies conocidas de abejas sin aguijón del planeta. Son las más antiguas. Y también las más frágiles frente a cambios bruscos. Cuando desaparecen, no siempre hay reemplazo funcional.
Para los pueblos Asháninka y Kukama-Kukamiria, estas abejas no son un recurso. Son parte del tejido cultural. En ellas vive un conocimiento ancestral que no está escrito, pero se practica. Perderlas sería perder lenguaje, historia y formas de habitar la selva.
Los testimonios recogidos en comunidades remotas coinciden. Donde antes bastaba caminar unos minutos para encontrar colmenas, ahora hacen falta horas. A veces, no aparecen. Y cuando lo hacen, no siempre están sanas. Se han detectado residuos de pesticidas en su miel, incluso en zonas alejadas de la agricultura industrial. La contaminación no entiende de fronteras.
Durante años, la falta de reconocimiento oficial bloqueó la investigación. Sin datos no había protección. Sin protección, no había financiación. Un círculo cerrado. Romperlo exigió insistencia, alianzas y paciencia. El mapeo ecológico iniciado en 2023 fue un punto de inflexión: mostró con claridad la relación directa entre pérdida de bosque y colapso de poblaciones de abejas nativas.
Ese trabajo contribuyó a una ley nacional aprobada en 2024 que reconoce a las abejas sin aguijón como abejas nativas del Perú, activando automáticamente obligaciones de protección. A partir de ahí, algunos municipios fueron más allá.
Satipo fue el primero. Luego Nauta. En sus territorios, las abejas tienen derecho a un hábitat sano, a condiciones climáticas estables, a no ser envenenadas y, algo clave, a representación legal en caso de daño o amenaza. Un precedente sin equivalentes claros en el mundo.
Las ordenanzas obligan a actuar. Reforestación, control estricto de pesticidas, adaptación climática, apoyo a la investigación científica y aplicación del principio de precaución. No son declaraciones simbólicas. Son mandatos.
El problema de fondo va más allá. Décadas atrás, un experimento para aumentar la producción de miel en climas tropicales dio lugar a las abejas africanizadas. Más productivas, sí. También más agresivas. Hoy, estas abejas desplazan a las especies nativas, ocupan sus nichos y alteran equilibrios locales.
[ Leer nota completa aquí ] - Fuente: ecoinventos.com


