Argentina es enorme, pero la población se concentra en unos pocos centros urbanos: más del 92 por ciento de los 46 millones de argentinos vive en ciudades.
La mecanización de la mano de obra -entre otras razones- aparta cada vez más al ser humano del campo y la naturaleza, relegados a visitas turísticas, en el mejor de los casos.
Este es un fenómeno muy conocido que ocurre desde hace décadas; lo que quizás no se observa es que, en muchos casos, esa migración interna tiene un paralelo en el mundo animal.
La naturaleza, manoseada por necesidades económicas y transformada en tierras de cultivo, por ejemplo, deja de ser el hábitat natural para muchas especies nativas, que buscan territorios más propicios, que suelen ser las ciudades.
Así, el paisaje urbano se modifica con la aparición de especies que antes no eran comunes. Esta situación se ve de manera clarísima en el caso de las aves y se nota de forma ejemplar en la Ciudad de Buenos Aires y su área metropolitana, con la enorme concentración humana que posee.
Donde antes había gorriones por todos lados, ahora aparecen cotorras verdes; y no es difícil hallar grandes rapaces, como caranchos o gavilanes, cuando tiempo atrás había que alejarse a zonas campestres para encontrar aves de semejante tamaño.